sábado, 20 de junio de 2020

VERNE, GALDÓS Y VALLE-INCLÁN

... POR ELOY MAESTRE

Devorando letra impresa a toda velocidad en este aislamiento, cinco horas al día como mínimo, he leído un total de treinta y una obras de Julio Verne, Benito Pérez Galdós y Ramón del Valle-Inclán. Salvo mi mirada apasionada, casi nada une a estos autores dispares y geniales.
Citados por orden de antigüedad, no pueden considerarse contemporáneos: Verne (1828 – 1905), Galdós (1843 – 1920) y Valle – Inclán (1870 – 1936). Los dos primeros se consideran del siglo XIX y Valle- Inclán, del XX. 
De mayor a menor volumen he leído las obras siguientes: 14 de Valle – Inclán: Sonatas, Tirano Banderas, La corte de los milagros, Viva mi dueño, Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera, Gerifaltes de antaño, Divinas palabras, Martes de Carnaval, Luces de bohemia, Cara de plata, Águila de blasón, Romance de lobos y Jardín umbrío.
Diez de Verne: Cinco semanas en globo, Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del Capitán Grant en América del Sur, Miguel Strogoff, Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en 80 días, Robur el conquistador, Escuela de Robinsones, Un capitán de 15 años y De la Tierra a la Luna.
Siete de Galdós: Fortunata y Jacinta, El amigo manso, Marianela, Miau, Nazarín, Tristana y Misericordia.

Julio Verne fue un escritor científico de novelas de viajes, pues todas se vehiculan con ellos. Ya sea caminando, en barco, globo, avión – helicóptero, trineo, submarino, tren, elefante, a caballo, incluso en bala de cañón, sus protagonistas viajan y nos describen sus visiones.
La vuelta al mundo en 80 días es mi favorita. De ella se han hecho películas, tebeos y canciones. Lo tiene todo: protagonista valiente y generoso, joven hermosa salvada de perecer quemada viva, malo perseguidor, y un secundario de lujo encarnado en su ágil criado. Posee unidad de acción, con principio y final feliz para alegría de sus lectores: el protagonista gana su apuesta y se casa con la chica. No se puede pedir más. Para mí es una novela redonda, no excesivamente larga ni latosa, a salvo de las tediosas enumeraciones de animales y plantas que Verne prodiga.
Igual que otras de sus novelas, De la Tierra a la Luna resulta antecesora en descubrimientos científicos. Se desarrolla en Estados Unidos, país por el que el francés Verne muestra, en esta y otras obras, una admiración ilimitada. Cree capaces a sus habitantes de llevar a feliz término cualquier empresa, por desmesurada o imposible que pareciese.
Los promotores del viaje a la Luna deciden que el lanzamiento se realice desde territorio de Estados Unidos. La elección recae sobre el estado de Florida, en concreto en los alrededores de la ciudad de Tampa.
Verne dice: La Luna no describe alrededor de la Tierra una circunferencia sino más bien una elipse de la que nuestro globo ocupa uno de los centros, de ahí esa consecuencia de que la Tierra se encuentre unas veces cerca de la Luna y otras más lejos, o, en términos astronómicos, unas veces en su apogeo y otras en su perigeo… La distancia de perigeo de la Luna (218.657 millas) es la que debe servir de base a los cálculos.
Si cada mes la Luna pasa por su perigeo, no siempre se encuentra en el cenit (punto de cielo situado verticalmente encima de la cabeza de un observador) en ese momento… Haciendo coincidir el perigeo de la Luna con el cenit, la distancia entre la Tierra y la Luna se acorta hasta 214.976 millas. Punto en el que debe realizarse el lanzamiento.
Señalo como coincidencias que en el lanzamiento de Verne fueron tres los astronautas en una bala de cañón, alcanzaron la Luna y dieron vueltas alrededor de ella. Asimismo, la misión Apolo VIII llevó en 1968 tres astronautas a la Luna, dieron tres vueltas alrededor y regresaron a la Tierra, amerizando. El viaje duró 76 horas, en las que recorrieron 386.000 km. En cuanto al lugar de lanzamiento, Tampa y Cabo Cañaveral, futuro centro estadounidense de lanzamientos espaciales, apenas distan 200 km en línea recta. Ambos puntos se sitúan en el paralelo 28, recomendado en la novela por el Observatorio de Cambridge para el lanzamiento.


Benito Pérez Galdós. El centenario de su muerte se celebra en este año 2020. Animado por el mismo, he completado la lectura de sus Episodios Nacionales meses antes de la aparición de la pandemia. Poseo una edición espléndida de Espasa Calpe en 23 tomos, conteniendo cada uno dos de ellos para un total de 46 episodios. Cada Episodio está situado en su contexto histórico, con profusión de datos, esquemas, fotografías, grabados y comentarios de expertos. 
No se puede hablar de Galdós sin citar sus Episodios Nacionales, uno de los mayores monumentos históricos en lengua española de todos los tiempos.
La Primera serie (1873 – 1875) trata de la Guerra de la Independencia (1808 – 1907). La Segunda serie (1875 – 1879) coincide con las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833. La Tercera serie se dedica a la Primera Guerra Carlista (1833 – 1840). La Cuarta serie se desarrolla entre la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La Quinta y última serie (1907 – 1912) queda incompleta y acaba con la Restauración de Alfonso XII.

Mi preferida es Fortunata y Jacinta, novela cumbre del siglo XIX, considerada por expertos y admiradores la mejor de dicho siglo, junto con La Regenta de Clarín.
El trío amoroso, fuente de ríos de tinta por el mundo, compuesto aquí de marido, esposa y amante, se completa en la novela con un cuarto miembro, el marido de la amante. Este último es un alfeñique, atormentado por enfermedades y su condición de cornudo consentidor. Imposibilitado para las relaciones sexuales, enfermo permanente, planea vigorosamente el asesinato de su adversario en sus momentos de lucidez.
Muestra la obra dos personajes femeninos poderosos: la esposa Jacinta y la amante Fortunata. Dos masculinos declinantes: un don Juan de tres al cuarto y un pobre enfermo cornudo. Y dos secundarios atractivos: un hombre acaudalado apellidado Estupiñá, que viaja a menudo y considera Londres el colmo de la elegancia y el buen vivir, y una mujer mayor muy piadosa, tía de Estupiñá, a quien Fortunata llama despectivamente “obispa”. Ella sirve de nexo entre las dos protagonistas, aunque abomina de su encuentro. Jacinta se muestra estéril en su matrimonio. Por contra, nace una niña de la unión ilícita entre Fortunata y el marido calavera. Esta niña mantiene la tensión emocional en el último tercio de la novela. Resumiendo: una maravilla de principio a fin.
El anterior Ayuntamiento de Madrid tuvo el buen gusto de cambiar decenas de nombres de calles de militares vencedores de nuestra dolorosa Guerra Civil. Una calle aledaña a la mía donde compro el pan fue nombrada Fortunata y Jacinta. Por ello, cada mañana asocio el perfume de pan y bollería a la obra excelsa. A excepción de Don Quijote, esta es la única obra literaria del callejero de la capital, al menos que yo sepa.


Ramón del Valle-Inclán. Poeta, novelista y dramaturgo, fue uno de los mayores estilistas en nuestra lengua. Apenas reconocido actualmente como poeta, en su carácter de novelista y dramaturgo demostró su genialidad en el dominio de un idioma exquisito, sublime.
Entre sus novelas destacan las Sonatas: Primavera, Estío, Otoño e Invierno, publicadas en su día por separado y en ediciones posteriores siempre agrupadas. Fueron subtituladas como Memorias del Marqués de Bradomín. El propio Valle – Inclán tildó sucesivamente al personaje de “Don Juan admirable”, “Don Juan cinico, descreído y galante” y “feo, católico y sentimental”, quizás la cita más utilizada. En cada Sonata, Bradomín discurre sobre conquistas amorosas o anhelos de mujer.
Como homenaje a la figura literaria inmortal, el Rey concedió el marquesado de Bradomín a los descendientes de Valle – Inclán en 1981.
Rubén Darío, poeta modernista como él, le conoció en una estancia en Madrid. Congeniaron y le dedicó una poesía cuyo primer verso sirvió en el futuro para definirle:

Este gran don Ramón de las barbas de chivo
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un dios, altanero y esquivo
que se animase en la frialdad de su escritura

De sus novelas, mi favorita sigue siendo Tirano Banderas, subtitulada Novela de tierra caliente. La creación de Don Santos Banderas, general y presidente del imaginario país de Santa Fe de Tierra Firme, convierte a este dictador en inmortal. La obra fue punta de lanza del subgénero literario de novela de dictador, continuada en el tiempo por creadores americanos de la talla de Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos y Mario Vargas Llosa entre otros.
Con carlistas insignes en su familia, Valle – Inclán escribió una trilogía de la guerra carlista: Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. Definió el movimiento amorosamente: El carlismo tiene para mí el encanto de las grandes catedrales, y en los tiempos de la guerra me hubiera contentado con que lo declarasen monumento nacional.
El caballero Don Juan Manuel Montenegro, señor de horca y cuchillo, protagoniza algunas de sus tragedias, denominadas curiosamente como “comedias bárbaras”: Águila de blasón, Romance de lobos y Cara de plata.
En su tiempo, Valle – Inclán apenas consiguió ver representadas sus obras de teatro, que debieron esperar a la segunda mitad del siglo XX, cuando el autor adquirió en las tablas su condición genial merecida. Entonces se representaron a menudo sus tres tragedias capitales: Divinas palabras, Luces de bohemia y Martes de carnaval.
Sus tragedias llevan el sello del esperpento: deformación grotesca de la realidad. El término no es suyo, pero Valle – Inclán logró popularizarlo en novelas y dramas. Así, subtitula Luces de bohemia. Esperpento, y la trilogía recopilada en Martes de Carnaval. Esperpentos, que contiene La hija del capitán. Las galas del difunto y Los cuernos de don Friolera.


Epílogo
En tiempos de confinamiento, la lectura de novelas de ficción se torna imprescindible para escapar de la realidad. Especialmente los libros de viajes nos permiten movernos imaginariamente hacia vastos horizontes y descansar mentalmente.
Tengo oído que el libro más leído en las cárceles españolas ha sido el Viaje a la Alcarria de nuestro Nobel, Camilo José Cela, que relata un humilde viaje a pie por esa zona. En el mismo sentido, los presos en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, dedicaban sus abundantes ocios a pintar platos de los sabrosos manjares soñados, así consolaban su carencia.
Leer nos abre horizontes. Leamos pues.

1 comentario:

  1. No te considerarás ni un Verne, ni un Galdós, ni un Valle Inclán, pero con tu suelto tan bien escrito, no sólo me has proporcionado el placer de la lectura de lo escueto, sino que me has provocado una lectura imaginaria de estos autores que, quitando a Galdós con el que he vuelto a compartir tiempo recientemente, no leía hace mucho tiempo.
    Felicidades

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